Bajo la premisa de cómo acabar con una educación aburrida el español Ramón Barrera recibe miles de visitas en youtube. Con elocuencia logra caricaturizar cómo la ciencia, el cine, la música, la tecnología, la información cambian a un ritmo vertiginoso en los últimos años; pero la educación muy poco.
Advierte, “Cada día los niños se aburren más en las aulas. Existe una falta de conexión alumno – profesor. Hay que hablar menos y escuchar más, sorprender más, estamos perdiendo la capacidad principal para aprender: sorprender.Cuando hay sorpresa hay curiosidad, cuando hay curiosidad hay deseo y si hay deseo hay acción. Sorprender es la primera pieza de la educación”
Asumiendo el reto de una formación que no nos aburra, sorprenda y facilite el aprendizaje, Cecodap, Ashoka de Venezuela, Ágora, Gran Cine, Fundación Telefónica y la AVEC acordamos llevar adelante el ciclo de cine-foros denominado “La educación que hace la diferencia”.
Está concebido como un programa de formación que posibilita el análisis de historias de educadores, plasmadas en películas reveladoras, que muestran como la empatía, fortalecimiento de vínculos, el trabajo en equipo, liderazgo, toma de decisiones y resolución de conflictos posibilitan cambios en contextos de adversidad. Una selección de maravillosas películas nos adentrarán con su trama en historias de educadores, estudiantes, familias, comunidades, seres humanos como nosotros que debieron tomar decisiones, actuar en contextos de adversidad, contra la corriente de la burocracia escolar…
Después de la proyección se realiza el foro, el intercambio, el compartir lo que cada quien vio y críticamente poder hurgar y extraer los factores de protección y estrategias que pueden salir de las pantallas y cobrar vida en nuestras propias aulas, hogares y comunidades.
Aprender tiene que ver con conmoverse, movilizarse, reaccionar. Educarnos emocionalmente en la conexión con lo que le pasa al otro, reconocernos en las historias de terceros, el desarrollo de la imaginación que vuela con la banda sonora y efectos. Aprender desde una escucha activa y desarrollando la conexión con el otro.
Entre los títulos seleccionados podemos mencionar:
“Escritores de la Libertad” Estados Unidos (2007) como ejemplo de Educación en la adversidad.
“La Ola”, Alemania (2008) colofón para analizar Educación, libertad de pensamiento e ideologización.
“La Sociedad de los Poetas Muertos” (1989) sobre Educación disruptiva y cambio de paradigmas.
“Después de Lucía”, México (2012) en torno a Educación y prevención del acoso escolar.
“Ni uno menos”, China (1999) nos introducirá al mundo de Educación, Vocación y Transformación.
1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34,7). Las palabras del salmista las hacemos nuestras desde el momento en el que también nosotros estamos llamados a ir al encuentro de las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en la que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien ha escrito esas palabras no es ajeno a esta condición, sino más bien al contrario. Él ha experimentado directamente la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.
Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que claman a él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).
En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace el deseo de contarla a otros, en primer lugar a los que, como el salmista, son pobres, rechazados y marginados. Nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.
2. El salmo describe con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿Cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no consigue llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.
Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.
3. El segundo verbo es “responder”. El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, sino que le responde. Su respuesta, como se muestra en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestó a Dios su deseo de tener una descendencia, a pesar de que él y su mujer Sara, ya ancianos, no tenían hijos (cf. Gn 15,1-6). También sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que ardía sin consumirse, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Ex 3,1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto, cuando sentía el mordisco del hambre y de la sed (cf. Ex 16,1-16; 17,1-7), y cuando caían en la peor miseria, es decir, la infidelidad a la alianza y la idolatría (cf. Ex 32,1-14).
La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia —que es necesaria y providencial en un primer momento—, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199), que honra al otro como persona y busca su bien.
4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle la dignidad. La pobreza no es algo buscado, sino que es causada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que afectan a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la que el Señor libera es un acto de salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «[El Señor] no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó» (Sal 22,25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. Te has fijado en mi aflicción, velas por mi vida en peligro; […] me pusiste en un lugar espacioso (cf. Sal31,8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91,3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar libremente y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios adopta la forma de una mano tendida hacia el pobre, que acoge, protege y hace posible experimentar la amistad que tanto necesita. A partir de esta cercanía, concreta y tangible, comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).
5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del que habla el evangelista Marcos (cf. 10,46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que Jesús pasaba «empezó a gritar» y a invocar al «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades fundamentales, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Cuántos pobres están también hoy al borde del camino, como Bartimeo, buscando dar un sentido a su condición. Muchos se preguntan cómo han llegado hasta el fondo de este abismo y cómo poder salir de él. Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).
Por el contrario, lo que lamentablemente sucede a menudo es que se escuchan las voces del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, a los que se les considera no solo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre los otros y uno mismo, sin darse cuenta de que así nos distanciamos del Señor Jesús, quien no solo no los rechaza sino que los llama a sí y los consuela. En este caso, qué apropiadas se nos muestran las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «Soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo» (Is 58,6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1P 4,8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seamos nosotros los que gritemos al Señor, entonces él nos responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).
6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no deja que falte el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta de su corazón y de su vida, los hacen sentir familiares y amigos. Solo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).
En esta Jornada Mundial estamos invitados a concretar las palabras del salmo: «Los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22,27). Sabemos que tenía lugar el banquete en el templo de Jerusalén después del rito del sacrificio. Esta ha sido una experiencia que ha enriquecido en muchas Diócesis la celebración de la primera Jornada Mundial de los Pobres del año pasado. Muchos encontraron el calor de una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera sencilla y fraterna. Quisiera que también este año, y en el futuro, esta Jornada se celebrara bajo el signo de la alegría de redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos en comunidad y compartir la comida en el domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y sencillez: «Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. [....] Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,42.44-45).
7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana como signo de cercanía y de alivio a tantas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, aunque sabemos reconocer otras formas de ayuda y de solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; pero no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y hacia la santidad. Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.
En relación con los pobres, no se trata de jugar a ver quién tiene el primado en el intervenir, sino que con humildad podamos reconocer que el Espíritu suscita gestos que son un signo de la respuesta y de la cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo de acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. Lo que necesitan los pobres no es protagonismo, sino ese amor que sabe ocultarse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para que se reconozca su presencia y su salvación. Lo recuerda san Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”» (1 Co 12,21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que nos parecen más despreciables los rodeamos de mayor respeto; y los menos decorosos los tratamos con más decoro; mientras que los más decorosos no lo necesitan» (vv. 23-24). Pablo, al mismo tiempo que ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, también educa a la comunidad a tener una actitud evangélica con respecto a los miembros más débiles y necesitados. Los discípulos de Cristo, lejos de albergar sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos, están más bien llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
8. Aquí se comprende la gran distancia que hay entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «Y si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26). Siguiendo esta misma línea, así nos exhorta en la Carta a los Romanos: «Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran. Tened la misma consideración y trato unos con otros, sin pretensiones de grandeza, sino poniéndoos al nivel de la gente humilde» (12,15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al que aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).
9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia, son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado. La esperanza fundada en el amor de Dios, que no abandona a quien confía en él (cf. Rm 8,31-39). Así escribía santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2,5). En la medida en que sepamos discernir el verdadero bien, nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida en que se logra dar a la riqueza su sentido justo y verdadero, crecemos en humanidad y nos hacemos capaces de compartir.
10. Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos, hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos unos a otros, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, vuelve operosa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en su camino hacia el Señor que llega.
Ramón Antonio Pérez/Aleteia Venezuela | Oct 19, 2018
Fe y Alegría y otros colegios afiliados a la Asociación Venezolana de Educación Católica motivan la solidaridad entre sus alumnos: “¡Muchachos, compartan sus zapatos y libros usados!”
Por favor, Juan, préstame tus zapatos que quiero estudiar! Este año no podrán comprarme unos zapatos nuevos. Esos te quedan pequeños pero todavía están buenos y yo los puedo usar”, decía Andrés, un niño de 11 años, deseoso de volver a su humilde escuela en un sector de Catia, al oeste de Caracas. “Dale, Juancito. Esos zapatos son tuyos”, respondía su hermano que este año estudiará un grado superior al suyo.
Dora Pimentel contaba a un grupo de representantes el diálogo entre sus dos hijos, ocurrido días antes del inicio de clases del período escolar 2018-2019. “Comadre, esa es la realidad de todas nosotras, así también lo hemos hecho en mi casa: la ropa de Luis le quedó a Yoelito”, le respondía una vecina, dándole un poco de tranquilidad.
La historia es la misma de cientos de miles de niños y jóvenes que viven en los barrios, caseríos y pueblos pobres de Venezuela. Es el mundo necesitado pero solidario de “allá donde termina el asfalto” y “donde la ciudad pierde su nombre”, como dice el lema de Fe y Alegría, la red de educación popular más grande del país bolivariano.
El valor de la solidaridad
Yormans Vegas, de la Asociación Venezolana de Educación Católica (AVEC), confirmó este tipo de solidaridad, que aunque siempre ha existido, se está practicando con mayor fuerza y entusiasmo en los últimos meses entre representantes y alumnos de los colegios afiliados a la organización. “No solamente son los zapatos, son los abrigos, los uniformes, los útiles escolares, y también la alimentación que muchas veces tienen que compartir”, dijo en conversación para Aleteia.
“El tema es que en Venezuela, la crisis humanitaria no detiene el sueño de miles de niños y jóvenes que esperanzados en un futuro mejor desean continuar estudiando a pesar de las carencias tanto en los colegios públicos y privados como en los afiliados a las instituciones católicas”, agregó. “La solidaridad es uno de los valores que la AVEC ha impulsado en sus colegios afiliados desde sus inicios”, aseguró.
AVEV cumple 73 años. Vegas recordó que este 18 de octubre, la AVEC está cumpliendo 73 años de fundada. Nació justo en el momento en que en Venezuela se estaba produciendo un golpe de estado de Estado contra la democracia, tornándose la situación tan dura como la actual. “Pero, precisamente, el valor de la solidaridad siempre la hemos motivado desde la AVEC hacia los colegios afiliados como los de Fe y Alegría, salesianos, lasallistas y otros inspirados en los valores cristianos”.
Fe y Alegría apuesta por la esperanza
Por su parte, la profesora Noelbis Aguilar, directora nacional de escuelas de Fe y Alegría, quien también habló con Aleteia, explicó que la red de educación popular atiende en Venezuela a más de 95 mil estudiantes en todos los niveles: inicial, primaria, bachillerato, educación técnica y universitaria. Son 176 centros educativos ubicados en zonas de difícil acceso a las grandes ciudades, en las áreas rurales e indígenas del país.
“Como el resto del sistema educativo venezolano atravesamos por un momento difícil debido a la crisis humanitaria que ataca con más dureza a los más necesitados”, dijo la educadora. “Sin embargo, a menudo se encuentran gestos de solidaridad entre amigos y familiares, entre sus alumnos y el personal que allí labora, motivando a seguir adelante”. Destacó que “hay hogares en los que sólo hay un solo par de zapatos pero este es rotado entre sus hermanos” porque lo importante es “ir a clase y esperar tiempos mejores”.
La escuela refleja la crisis de Venezuela
Informó que en Fe y Alegría no piden “listas escolares” y “uniformes” por la situación actual, incluso, flexibilizaron las normas “al aceptar que los niños lleven ropa particular para acceder a su formación académica y el cultivo de sus valores cristianos”. Igualmente mencionó que “en Fe y Alegría mantenemos campañas a nivel nacional para la recolección de útiles escolares, además de garantizar la comida en 40 planteles”, dijo.
“Con los subsidios económicos que recibimos del Estado a través la AVEC ayudamos a muchos padres de familia con el pago de la inscripción de sus hijos”, añadió.
La profesora Aguilar, egresada del sistema educativo de Fe y Alegría, apuesta por la esperanza de un mejor porvenir para los venezolanos, y garantizó que pese a las dificultades seguirán dando la oportunidad a los sectores excluidos y más pobres a la enseñanza de los valores cristianos, humanos y académicos para lograr un futuro mejor.
Cortesía de https://elguardiancatolico.blogspot.com/
Los integrantes del Comité Central de la Red Eclesial Amazónica (REPAM) renovados por la celebración de la Resurrección de Jesucristo, que renueva en nosotros la alegría y la esperanza, pero al mismo tiempo conscientes de los profundos desequilibrios e injusticias de la sociedad actual, en nombre de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) queremos compartir con las comunidades cristianas y con la ciudadanía en general algunas inquietudes sobre situaciones y peligros que nos amenazan, y reconocer, también, signos de esperanza que invitan al compromiso.
Situaciones que amenazan y cambios de política minera en Venezuela.
Se le está imponiendo a nuestro país una orientación, en contra de lo que determina nuestra Constitución, que ha generado y agudizado situaciones insoportables de hambre, pobreza y miseria, inseguridad ciudadana, emergencia sanitaria, persecución política, migraciones arriesgadas porque se ha desdibujado, sobre todo para los jóvenes, un horizonte de futuro digno en nuestra patria… Es una experiencia que la mayor parte de la población sufre día a día, aunque haya quien no quiera verlo o que busque excusas y culpables en cualquier parte, con tal de no asumir su innegable responsabilidad.
La gravedad de estas situaciones puede llevarnos a dejar de lado problemas que, por parecer menos urgentes en lo inmediato, pueden tener, y ya están teniendo, consecuencias desastrosas en todos los órdenes de nuestra realidad e hipotecando gravemente el futuro. Nos referimos al tema de la ecología, por el creciente extractivismo desenfrenado que se ha ido implementando en los últimos tiempos, con consecuencias desastrosas en campos tan variados como el calentamiento global, las fuentes de agua, la destrucción de los bosques, la agresión a los pueblos que habitan esas zonas cada día más devastadas.
Sabemos que es una situación que afecta a toda la Amazonía y por ello, como organización que abarca todos los países amazónicos, queremos plantear a la sociedad y a todos los que nos consideramos Iglesia, las inquietudes y llamadas a la responsabilidad común que tales situaciones exigen, pero fijando preferentemente nuestra reflexión a partir de la realidad venezolana.
La preocupación por el cuidado del medio ambiente en nuestro país ha estado presente desde hace largo tiempo, como lo demuestra la creación del Ministerio del Ambiente en el año 1977. Sin embargo por varias décadas ha sido necesario redoblar su defensa ante proyectos invasivos o explotaciones ilegales. En los últimos años el Estado Venezolano ha emprendido una nueva política minera de forma vertiginosa e invasora (arrasadora). Con la creación del “Arco Minero del Orinoco”, y la firma de convenios con diversos Gobiernos y Compañías Trasnacionales, para la exploración de minerales en diferentes lugares del país, especialmente en la región Guayana, en los años 2011-2013 se ha producido un cambio radical en la política minera. Poco después, por el Decreto 2.248 del 24 de febrero de 2016, el Gobierno Nacional decide atribuir a los militares “todo lo relativo a las actividades lícitas de servicios petroleros, de gas y explotación minera en general, sin que esto implique limitación alguna” y autoriza la creación de la empresa Cammempeg. El Presidente de la República, en cadena nacional, anunció la firma de acuerdos con empresas mineras para la exploración y certificación de oro, cobre, coltán y otros minerales. De esta manera se pretende poner en marcha el motor minero ante la baja de los precios del crudo.
Más allá de las declaraciones utópicas, la apertura de concesiones, sumado a la presencia de personas y grupos dedicados a la minería ilegal, han multiplicado los escenarios de explotación minera en amplias regiones y, en muchos casos, en condiciones de auténtica devastación y destrucción de la naturaleza, y de exclusión y agresión de los pueblos que habitan esas tierras. La comunicación oficial de tales proyectos, presentados como solución de problemas nacionales e impulso de desarrollo, no se ha visto acompañada por notificaciones concretas de su desempeño real. Son muy escasas, casi inexistentes, las noticias oficiales al respecto. Lo que las redes sociales difunden habla de devastación e hipoteca del futuro.
Por ello, denunciamos el modelo extractivista presente en Venezuela, así como en muchos países de América Latina y el mundo, ya que es un modelo que implica un desarrollo insostenible, un empobrecimiento acelerado, una fuerte dependencia a las variaciones del mercado manejado por las corporaciones transnacionales, y el debilitamiento sin precedentes de los Estados nacionales que quedan a merced de las corporaciones, insertándose sumisamente en el mercado internacional. Las actividades extractivistas forman parte de un modelo económico dominante que ha separado a lo humano de la naturaleza, y entiende a ésta como un modelo infinito de extracción de materias primas.
Voces que se levantan
Son muchas las voces que se han levantado en contra de la destrucción ambiental y de la creciente exclusión poblacional y cultural que esta política está generando. Diferentes organizaciones indígenas han denunciado reiteradamente, ante las autoridades correspondientes, frecuentes atropellos a sus derechos pero, de ordinario, han recibido como respuesta el silencio y represalias. Investigaciones de especialistas a menudo alertan a la sociedad y a diferentes organismos sobre estos problemas, con escasa resonancia a sus planteamientos y reclamos, debido a los poderosos intereses que están en juego. Saltan a la luz pública, de vez en cuando, noticias que, por su notoriedad (masacres, ajusticiamientos…), rompen los cercos comunicacionales y circulan a través de las redes sociales, ignoradas por parte de los responsables.
Las declaraciones oficiales justifican el incremento de la actividad extractivista por la necesidad de mayores ingresos económicos y hasta por un supuesto desarrollo en vistas al futuro. Sin embargo resulta obligatorio denunciar el hermetismo sobre el cumplimiento real de las condiciones mínimas de explotación exigidas por la naturaleza de esta actividad. Son indispensables la información y la transparencia para que el desarrollo minero pueda ser encuadrado en sus justos límites y evite las evidentes consecuencias negativas que se producen tanto con relación al ambiente como a las poblaciones que habitan en esas zonas.
Los conflictos socio-ambientales impactan profundamente a todos los venezolanos (acceso al agua potable, cortes eléctricos, acumulación de desechos sólidos…) y trasciende más allá de nuestras fronteras, principalmente porque muchas de estas dinámicas ocurren en la Amazonía, territorio que compartimos con ocho países de la región.
La postura de la Iglesia Universal y Latinoamericana
Ante esta situación que nos afecta directamente, así como también tiene efectos nocivos para toda la humanidad, la Iglesia ha tomado, desde hace años, posiciones precisas, dirigidas a la toma de conciencia de la gravedad de los problemas y de sus notables consecuencias, y a proponer soluciones de respeto y equidad. Entre ellas, la encíclica del Papa Francisco “Laudato Sì” ha sido un instrumento esclarecedor y estimulante, que se ha convertido en un punto de referencia para todos. Desde su publicación, en 2015, ha removido muchas conciencias y promovido iniciativas para afrontar con claridad y decisión un asunto tan determinante para el futuro inmediato de la humanidad.
En nuestro ambiente latinoamericano, el Consejo Episcopal de América Latina y El Caribe (CELAM) en su Vª Asamblea celebrada en Aparecida (Brasil) en mayo del 2007, retomó el tema de la ecología centrándolo principalmente en la Amazonía.
Pocos años después, en septiembre de 2014, el CELAM le dio un decidido impulso a su compromiso con la creación de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) para la articulación de todos los esfuerzos e iniciativas que la Iglesia viene desde hace tiempo realizando en esta inmensa región. Desde su creación esta red ha venido aumentando su alcance estableciéndose en las 9 naciones que forman parte de la Amazonìa y consolidando su servicio de relación y apoyo.
Hace pocas semanas el CELAM ha querido retomar la Encíclica “Laudaro Sì” y aplicarla a nuestra realidad latinoamericana publicando la Exhortación Pastoral “Discípulos Misioneros Custodios de la Creación”, En ella se ponen en relieve aquellos puntos de la encíclica del Papa Francisco con mayor relevancia para nuestro continente. Nos parece otro punto de referencia importante que nos invita, como Iglesia y como ciudadanos, a una conversión a la ecología integral para que cuidemos nuestra casa común.
Finalmente merece especial mención la iniciativa que ha tenido el Papa Francisco de celebrar un Sínodo Extraordinario de Obispos para la reflexión de toda la Iglesia sobre el tema de la ecología integral, centrado en la Amazonía, por las repercusiones que para todo el mundo y para la Iglesia tiene esta cuestión tan importante. El Papa lo refleja en el título que ha dado a este Sínodo: “Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. Estamos centrando los esfuerzos en la preparación de este acontecimiento.
El compromiso de la Iglesia en Venezuela
Podemos decir que la Iglesia en Venezuela, junto con la de nuestro continente y de todo el mundo, se siente preocupada por la depredación de la naturaleza y el descuido y exclusión de los pobladores de las zonas devastadas; esperanzada por los valores positivos y resistencia que se comprueba en la cultura de los pueblos aborígenes, en la labor de los misioneros que les apoyan, y en tantas personas sensibles y comprometidas con el cuidado de la naturaleza y el futuro de los pueblos; se siente motivada a buscar caminos nuevos que consoliden las comunidades cristianas existentes o por construir, y que cuiden el bien de la creación para el disfrute compartido por todos, y para las generaciones futuras.
Desde hace ya casi un siglo la Iglesia ha retomado su presencia en estas zonas con la finalidad de atender a los pueblos indígenas, que ancestralmente habitan en ellas, con programas de salud y educación, de asistencia y desarrollo, de organización y evangelización. Ha sido un largo caminar de hombres y mujeres que ofrecieron lo mejor de sus vidas a estos hermanos, frecuentemente excluidos y desamparados. Se avanzó con tropiezos y errores, pero también con grandes aciertos, con mucha dedicación y amor, y con creciente inculturación y apoyo para que esos pueblos se fueran haciendo sujetos de su propio destino.
En 2015 la Iglesia en Venezuela se incorporó a la organización de la REPAM actualizando la relación que desde hacía años se venía teniendo con las Iglesias locales de la Amazonía. Valoramos también lo positivo del esfuerzo de apoyo mutuo entre las Iglesias Particulares que formamos parte de la Amazonía venezolana. Y reconocemos la oportunidad de relacionarnos y colaborar con las numerosas instituciones y personas que vibran por la defensa y valoración de la naturaleza en nuestro país. Nos vamos consolidando y esta rueda de prensa quiere ser una expresión de compromiso con nuestra realidad venezolana.
Desafíos que nos comprometen
Hacernos eco: La Iglesia en Venezuela, a través de la Conferencia Episcopal y de las comisiones que desarrollan un compromiso social y acciones de apoyo a los pueblos indígenas y afrodescendientes, hace suyos los clamores que resuenan en tantas partes para que se logre una situación de justicia y defensa de la naturaleza y reclama una actuación que tenga en cuenta el bienestar y los derechos de toda la población, y de las generaciones futuras, amenazados por proyectos que buscan fundamental o exclusivamente intereses económicos particulares. Hacerse eco asimismo de las numerosas denuncias de los pobladores de esas regiones, sobre todo de las organizaciones indígenas que protestan en defensa de sus derechos, como lo determina la Constitución Nacional Bolivariana.
Custodios de la Creación: Nos sentimos interpelados por los llamados que el Papa Francisco y las autoridades del CELAM nos hacen a través de sus exhortaciones, para que nos hagamos custodios de esta casa común, la cuidemos, la defendamos para el disfrute de todos y de las generaciones futuras, unidos a todas aquellas personas que luchan por un uso adecuado y respetuoso de la naturaleza promoviendo una ecología integral.
Una Iglesia con rostro amazónico: Renovamos nuestro compromiso con los pueblos que habitan estas tierras para llevarles la Buena Noticia de Jesucristo, el Salvador enviado por nuestro Padre Dios para que se haga realidad en nuestro mundo su Reino de justicia, amor y paz, para acompañarles en la maravillosa aventura de hacerse dueños de su destino, de fortalecerse desde sus culturas y de intercambiar con otras sus saberes y espiritualidad, y para que al hacerse sus discípulos y misioneros sean el rostro indígena de la comunidad de los seguidores de Jesucristo, el Señor.
Formar red: Estamos llamados a tejer una red con todas las instituciones y personas que asumen este proyecto de defensa y promoción de la Amazonía, para su preservación y disfrute compartido, y teniendo en cuenta a sus habitantes: pueblos indígenas, ribereños, criollos…, que han sabido respetarla, amarla como fuente de vida y de identidad propia. La REPAM quiere ser una más de tantas “redes” que ya existen y sumar sus esfuerzos para el bien de todos.
Unidos a las comunidades cristianas de Venezuela y bajo la protección de nuestra Protectora Nuestra Señora de Coromoto saludamos a todos nuestros hermanos venezolanos
Los miembros de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) de Venezuela
Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.
Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimiento queden olvidados para siempre.
Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».
Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.
Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado».