jueves, 8 de marzo de 2018

Es la mujer la que trae armonía al mundo


En este día de la mujer compartimos dos reflexiones que iluminan el papel de la mujer en nuestro mundo. 

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del “misterio”, a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta “esponsal”, que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.
Papa Juan Pablo II


 Papa Francisco: "Es la mujer quien trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con ternura; Y que hace del mundo un lugar hermoso"


Hombres y mujeres no son iguales; El uno no es superior al otro. Pero es la mujer, y no el hombre, quien trae esa armonía que hace al mundo un lugar hermoso".

Para entender a la mujer primero hay que soñarla

El Señor había formado todo tipo de animales, pero el hombre no encontró compañero en ninguno de ellos; él estaba solo. Entonces el Señor tomó una costilla y creó a la mujer, que el hombre reconoció como "carne de su carne". Pero antes de verla, el hombre soñó con ella... Para entender a una mujer, es necesario primero a soñarla.

A menudo cuando hablamos de mujeres, pensamos en ellas de una manera "funcionalista". En cambio, debemos ver a las mujeres como portadoras de una riqueza que los hombres no poseen: las mujeres traen armonía a la creación:
Cuando las mujeres no están allí, falta armonía. Podríamos decir: "Pero esta es una sociedad con una actitud masculina fuerte, y este es el caso, ¿no? La mujer está desaparecida. Sí, sí: la mujer está allí para lavar los platos, hacer las cosas..." ¡No, no, no! La mujer está ahí para traer armonía.
Sin la mujer no hay armonía. Hombre y mujer no son iguales; Uno no es superior al otro: no. Es sólo que el hombre no trae armonía. Es ella, la mujer. Es ella quien trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con ternura; Y que hace del mundo un lugar hermoso.

La explotación de personas es un delito de "lesa-humanidad": es verdad. Pero explotar a una mujer es aún más grave: está destruyendo la armonía que Dios ha escogido para dar al mundo. Esto es destruir.
La explotación de una mujer no es sólo un delito: equivale a "destruir la armonía"

Este es el gran don de Dios: Él nos ha dado mujer. Y en el Evangelio, hemos escuchado lo que una mujer es capaz de hacer, ¿eh? Ella es valiente, ¿eh? Avanzó con valentía. Pero hay más, mucho más.
Una mujer es armonía, es poesía, es belleza. Sin ella el mundo no sería tan hermoso, no sería armonioso. Y me gusta pensar - pero esto es algo personal - que Dios creó a las mujeres para que todos tuviéramos una madre.

Papa  Francisco


La mujer tiene un valor en sí misma y no por su funcionalidad como lo dice el Papa Francisco, por eso decimos como el Papa Juan Pablo II:

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! 

Dios les bendiga

viernes, 2 de marzo de 2018

El paso salvífico de Dios hoy


Tiempo de cambio
 Uno de los factores más alarmantes de nuestro siglo es la crisis de humanidad que estamos padeciendo y que nos ha inhabilitado como sujetos, es decir, como personas libres y solidarias.Además, en esta época global, los poderes políticos y económicos prefieren alimentar la indolencia frente al agobio de las mayorías. El fomento de medidas públicas inspiradas en la solidaridad fraterna, que conduciría hacia una sociedad más equitativa, recibe los calificativos de ilusorio y no rentable, entra en la cápsula de lo utópico. Se anteponen así visiones ideológicas al bien común. Es una tendencia que parece destinar a pueblos enteros a vivir como crucificados, pues les roban toda posibilidad de tener posibilidades. Los nuevos faraones, como en el antiguo Egipto, pretenden acostumbrar a la población a la escasez de bienes en la tierra, entregándolos a la suerte de la sobrevivencia.
Como creyentes, se impone un cambio de paradigma civilizatorio. Es urgente dar cabida a una nueva pascua. Aquella que los obispos reunidos en Medellín diseñaron y que luego de cincuenta años de ese evento fundacional para la Iglesia latinoamericana, sigue vigente: «Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto (…), así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas» (Medellín. Introducción 6).
La cuaresma es un tiempo propicio para reflexionar acerca de este paso salvífico de Dios hoy a fin de tomar conciencia sobre los procesos de despersonalización en los que hemos caído, así como del error de no haber colocado en el centro de nuestras prioridades el bienestar del pueblo. Aunque también, como gente de fe, sabemos que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). La gracia que se manifiesta en el día a día de quienes siguen consagrados a construir esfuerzos mancomunados de solidaridad fraterna y dan pasos hacia una auténtica liberación del yugo al que se nos ha sometido; la gracia que va al encuentro de los que participan, de cualquier manera, en los movimientos de cambio sociopolítico, pues saben que «nuestra humanidad se define principalmente por la responsabilidad hacia nuestros hermanos y ante la historia» (Gaudium et Spes 55).
¿Dónde está tu hermano?
La alternativa que puede conducir a superar la crisis actual será creíble si nos dejamos interpelar por la pregunta que Dios le hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?». La respuesta a esta interrogante revelará las opciones fundamentales que orientan la vida de cada uno de nosotros. Algunos pueden contestar con la indolencia de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Sin embargo, si redefinimos la existencia a partir de una praxis fraterna será posible divisar el camino hacia nuestra rehabilitación como sujetos y reencontrarnos como pueblo. Las comunidades cristianas que fueron perseguidas, lo atestiguaron: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).
Solo el amor fraterno es capaz de restaurar la dolencia social creada por fuerzas que se han impuesto desde paradigmas tecnocráticos y visiones ideológicas que se rigen por la lógica del dominio y la explotación. Al renunciar a construir relaciones fraternas, damos espacio a una vida abatida, sin pertenencia ni arraigo, en la que consideramos al otro como a un extraño o enemigo al que podemos descartar o aprovechar según intereses mezquinos.
El clamor de los crucificados de hoy, el grito de las víctimas de los poderes políticos y económicos, es el que Dios escucha, como se lo hizo saber a Caín: «La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo» (Gn 4,10). Hoy, Dios escucha la lamentación de nuestros hermanos y hermanas crucificados por el hambre, por la carencia de insumos médicos y por la violencia, crímenes que violan los derechos fundamentales y reniegan de una voluntad divina que no quiere relaciones de sujeción ni estructuras de muerte sino de auténtica libertad y vida.
¿De qué nos salva Dios?
 La experiencia de un Dios que salva de la opresión y rechaza toda forma de sumisión se constituyó en el núcleo central de la fe de Israel, en su carta de identidad como pueblo. Así lo profesa uno de los credos más antiguos que se hallan en la Biblia: «Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Nosotros clamamos a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión. Y Yahvé nos sacó de Egipto» (Dt 26,5-9). La compasión de Dios por su pueblo será el signo distintivo de su acción salvífica y el motivo que inspirará su primer mandamiento, mucho antes de que ocurra la Alianza en el Sinaí: «No maltratarás al forastero ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. No dejarás a viuda alguna ni a huérfano; si los dejas y claman a mí yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira» (Ex 22,21-22). Era la manifestación visceral de un Dios que toma posición ante la historia a favor de los pobres, de las víctimas, un Dios que no quiere que haya victimarios.
Los forasteros, las viudas y los huérfanos representan a todos aquellos cuya sobrevivencia depende de la decisión de otros, pues no tienen voz ni derechos propios. Es a ellos a quienes Dios acoge en sus entrañas y se les revela como «Padre de los huérfanos y defensor de las viudas» (Sal 68,5). Fieles a la voluntad de Yahvé, los profetas elevarán sus voces en contra de los que rigen el destino de los pueblos en la firme convicción de que «sus gobernantes son rebeldes y compañeros de ladrones; cada uno ama el soborno y corre tras las dádivas. No defienden al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda» (Is 1,23). Jeremías reprochará a quienes «han engordado y se han puesto lustrosos, y sobrepasan en obras de maldad; no defienden la causa del huérfano, para que prospere, ni defienden los derechos del pobre» (Jer 5,28).
No es voluntad divina que un pueblo viva bajo el peso de un yugo, sin libertad, empobrecido, asfixiado por regímenes políticos totalitarios que convierten a las personas en objetos de dádivas, en instrumentos útiles para mantenerse en el poder. Dios pasa salvando en su llamado a construir una vida alternativa que supere las condiciones inhumanas y trascienda las poderosas cadenas de la servidumbre. De ahí que su misión salvífica se manifieste en nuestro propio «paso de condiciones menos humanas a otras más humanas» (Populorum Progressio 20-21).
¿De qué nos salva Dios? He allí la pregunta fundamental para entender la novedad de esta imagen divina. Como creyentes comprendemos que la salvación siempre es diáfana en el desasosiego de una realidad que debe ser superada para poder vivir como sujetos libres, y no como objetos esclavos de otros. Por ello, Dios «no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres» (Evangelii Gaudium 178). Su oferta salvífica no acontece fuera de la historia, sino en ella, entre nosotros, de cara a historias de vida y condiciones sociopolíticas y económicas concretas. La lectura del Éxodo es propicia para comprenderlo.
El clamor de los crucificados
 En Egipto el pueblo de Israel estaba sometido a relaciones de servidumbre y había perdido toda expectativa de cambio. El libro del Éxodo lo recuerda: «Los egipcios esclavizaron brutalmente a los israelitas», «les amargaron la vida con dura servidumbre» (Ex 1,11-14), es decir, que no solo los explotaban físicamente, sino que abatían sus espíritus con el fin de opacar toda posibilidad de transformación. Pero precisamente en medio de esta situación de desesperanza ocurre algo sorprendente. Moisés sale del palacio donde vivía y «ve las duras tareas que padecían los hebreos», es testigo de «cómo un egipcio golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos» y, para mayor pesadumbre, observa «cómo un hebreo maltrataba a otro, su prójimo» (Ex 2,11-14). Violencia y humillación por todas partes. La deshumanización era ambiental, no solo había afectado las relaciones entre las víctimas y sus victimarios, hebreos y egipcios, sino que también estaba modificando el modo en que los mismos hebreos se trataban entre sí, cual verdugos de sus propios hermanos.
La reacción de Moisés es natural y por eso mismo inesperada. Hay que notar que no es el llamado de Dios lo que moviliza inicialmente sus pasos, sino su propia urgencia de constatar lo que sucedía en las periferias. Es ahí, al encontrarse con la realidad desnuda, sin la intermediación del faraón o de su corte, donde toma conciencia y reconoce que los otros no son esclavos sino sus hermanos. Las entrañas de Moisés entonces son atravesadas por el dolor al presenciar el brutal maltrato que se infligía a los israelitas. Así que movido por la dolencia que le causaba aquella inhumanidad que tenía ante sus ojos busca hacer justicia de la única manera que podía. Y su grito llegó a los oídos debidos: «El clamor de su servidumbre subió a Dios. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob» (Ex 2, 23-24). El lamento de los crucificados mueve a Dios, el grito de quienes solo esperan una muerte anticipada por la falta de alimentos o de medicinas, por el desvanecimiento físico del trabajo forzoso o por la postración espiritual.
La coincidencia de dos quereres, el de Dios y el de Moisés, permite que le sea encomendada una riesgosa tarea al hombre de fe: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores, conozco sus sufrimientos, he bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlos de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios les afligen. Y ahora ve, te envío para que saques a los israelitas de Egipto» (Ex 3,7). El llamado de Dios es claro: Moisés debe liberar al pueblo de la esclavitud sociopolítica y económica egipcia.
La gracia de la conversión
El llamado de Dios promueve un profundo proceso de transformación en Moisés. La obra de conversión al hermano le hace descubrir que los otros no son esclavos ni desechos; la conversión al pueblo lo lleva a asumir la misión de liberarlo, y la conversión a Dios le revela el nombre del liberador que no es otro que el Dios de sus padres. Todo este trabajo estará incompleto si se pasa por alto que, en Moisés, el proceso de conversión ocurre al salir del palacio, de su vivienda confortable, para encontrarse con la realidad de quienes vivían en las periferias y reconocer que les había fallado a sus hermanos.
Es así como Moisés tomó conciencia de la estructura de pecado sobre la cual se sostenía el poderío del faraón y dio, entonces, un primer paso: sacar a Israel de la casa de servidumbre (Ex 13,2; 20,2; Dt 5,6), una liberación que es una acción política en contra de la miseria y la represión (Ex 1,10-11), en pos de la construcción de una sociedad justa, de relaciones horizontales y fraternas. El segundo paso, más difícil aún, será unir a los hebreos y constituirlos en un pueblo. De allí que el Éxodo, si bien revela la negatividad de la historia, también da fe de una experiencia de gracia por la que Israel como pueblo supera tentaciones y resistencias en el paso por el desierto, toma conciencia y decide su manera de organizarse, de construir una identidad y un destino común en la tierra prometida. Además, es un proceso en el que Dios no interviene como un faraón, como un dictador o un militar, sino que se hace presente como un Dios que camina con su pueblo, en medio de sus vicisitudes, para sacarlo de la esclavitud mientras le ofrece «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,17).
Toda liberación política supone también el esfuerzo de reconstruir el tejido sociocultural deteriorado por los procesos de deshumanización vividos, que fragmentaron al pueblo en individualidades y extraviaron su identidad, su destino común. Pero es una obra que a veces encuentra resistencia. Cuando Israel pasa por el desierto, algunos quieren regresar a Egipto. El clamor que lo había movilizado se convirtió en nostalgia paralizante de los días en que «nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos» (Ex 16,2-3). Los que se niegan a ser sujetos de su propio destino claman: «Más valía servir a los egipcios que morir en el desierto» (Ex 14,11-12); prefieren la falsa seguridad del sobreviviente, la condición del resignado o de quien se conforma con recibir lo mínimo vital para subsistir un día más. De allí que una verdadera liberación apele a la alianza de un solo pueblo unido, a renunciar a ser objetos de dádivas y a tomar conciencia de nuestra condición de sujetos de la historia. Esta es la gracia de la conversión que Dios pide hoy.
Estamos llamados a salir de la casa de servidumbre y a contribuir con el cambio de la situación de pecado estructural que vivimos. Llegó el momento de construir un proyecto de país que de verdad coloque al pueblo en el centro, porque mientras haya pobreza, siempre habrá la tentación de los falsos mesianismos que derivan en totalitarismos (Evangelii Gaudium 202). Convertirnos al pueblo significa asumir nuestra condición de hermanos y hermanas para descubrir que hay una mayoría que experimenta la fuerza en la debilidad, que es solidaria en la escasez y que ha salido al auxilio de los crucificados de hoy. La cuaresma es un tiempo propicio para el cambio, para recuperar nuestra dolencia social, para no dejarnos abatir física ni espiritualmente por quienes tienen el poder, y responder a la emergencia humanitaria que nos golpea en un solo clamor: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; fui forastero y me recibiste; estaba desnudo y me vestiste; enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a ver” (Mt 25,35-40).
Rafael Luciani
Doctor en teología por la Universidad Gregoriana y  docente en el Boston College (Boston, MA).

Cortesía de http://www.reflexionyliberacion.cl

martes, 27 de febrero de 2018

Mar Romera: “La profesión docente es la más importante del mundo”



Educación 3.0. Afirma que “son las emociones las que mueven el mundo” y que es necesario garantizar “el equilibrio emocional de los docentes” ya que es clave para la educación emocional de los niños y jóvenes. Entrevistamos a Mar Romera, docente y experta en inteligencia emocional y presidenta de la Asociación pedagógica Francesco Tonucci.

Se suele decir que el amor es el motor que mueve el mundo, ¿es así? ¿nos movemos por nuestras emociones?

No sé si lo es, si sé que es lo que me gustaría. También sé que son las emociones las que mueven el mundo. La emoción y la imaginación siempre ganan a la razón. Entre nuestras dos orejas se suceden dos funciones neurológicas básicas, una emocional y otra cognitiva. La emocional siempre es más importante, ya que es esta primera la que da paso a la segunda. En ocasiones la cognición interpreta, incluso modifica, la emoción, pero esto no es siempre posible.

Pienso que el amor es un sentimiento, no una emoción. Los sentimientos podemos decir que son la interpretación cognitiva y por tanto cultural de la emoción. Son el arraigo de la emoción, permanecen más en el tiempo. Podemos decir también que el amor se ancla en la admiración.

En nuestros días son mucho más populares otras emociones como la ira, el miedo o la alegría, por eso pienso, y lo hago con tristeza, que no es el amor el que mueve el mundo, aunque sí es el que lo mantiene con vida.

¿Cuándo hay que empezar a educar en emociones?

Cuando una mamá siente una nueva vida en su cuerpo empieza a generar emoción, relación, vínculo. Desde ese momento se construyen las redes que permiten al ser humano ser y existir como tal. La relación es emocional. Toda relación emocional es educación.
La educación emocional no es un contenido programado para una edad o un momento, la
educación emocional es vivir. Incluir en nuestra vida el sentir y no solo el saber o el estar.

Mar Romera

En este sentido, ¿qué papel juegan las familias? ¿Y el colegio?
La familia es la primera escuela de las emociones. Los adultos se construyen como modelos emocionales desde el primer día. Modelos que los hijos incrustan en su retina para aprender todo y de todo, lo agradable y lo no tan agradable.

Los niños y las niñas no aprenden nada de lo que les enseñamos, nos aprenden a nosotros

Los comportamientos emocionales recurrentes vividos en el seno de la familia se convierten en hábitos de gestión emocional para toda la vida. El profesorado (en edades más tempranas aún más) se convierte en el principal agente para que nuestros pequeños se enamoren de aprender, de preguntar de experimentar, de evolucionar…

Los niños y las niñas no aprenden nada de lo que les enseñamos, nos aprenden a nosotros: todos podemos recordar a nuestro maestro preferido. Aquel que hizo que también nos gustara su asignatura, y seguro que no era por la asignatura y sí por el amor con el que nos trató y por la pasión con la que nos presentó sus contenidos.

Por otra parte, la escuela en todas las etapas debería incluir la educación afectiva y también una educación del afecto. En ella, se deben plantear los procesos de alfabetización emocional, conciencia emocional y construcción de autoconciencia y socialización emocional para que podamos aspirar a la excelencia emocional personal y a una convivencia social saludable.

¿Cómo se pueden trabajar las emociones en casa?

La clave es ser modelo y respetar. Respetar significa no decir a otro qué tiene o no que sentir, sino ayudar a que pueda expresarlo de forma sana. Ayuda mucho hablar de emociones.

De suma importancia son los límites. Límites claros, consensuados y que tienen como sentido permitir que niños y niñas crezcan con seguridad trabajando y trabajándose cada día su propia autonomía. Y es que sobreproteger es un error. Impedir vivir las diferentes emociones es un error. Cuando un niño pierde (una mascota, una nota de examen, un partido….) debe vivir su perdida, aprender a superarla y ningún adulto debe “compensar de forma desproporcionada”. Pienso que la sobreprotección inutiliza y hace débiles a nuestros menores.

¿Qué ventajas produce saber identificar nuestras emociones a lo largo de la vida?
Conocer las emociones, identificarlas, reconocer sus conductas fisiológicas, motrices y
cognitivas nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y a los demás. Si tenemos en cuenta que las emociones no son unas buenas y otras malas, y sí todas necesarias, es fácil entender que utilizarlas de forma adecuada a cada contexto y momento con oportunidad
es lo que nos lleva a desenvolvernos de forma eficaz y agradable, tanto con nosotros
mismos como con los demás.

A vivir se aprende viviendo. El error es una gran fuente para el aprendizaje. Equivocarse no está mal, es una oportunidad.

Afirma que los padres se han vuelto excesivamente sobreprotectores con sus hijos, ¿cuáles son las consecuencias?
Por facilitar sus vidas en ocasiones les dejamos sin vivir. A vivir se aprende viviendo.
El error es una gran fuente para el aprendizaje. Equivocarse no está mal, es una oportunidad. El mundo no está lleno de gente que se equivoca, está lleno de cobardes que no lo intentan. La calidad de mi vida no depende de las circunstancias, depende de mis pensamientos y estos dependen de la plataforma emocional desde la que se emiten. Yo soy responsable de mi vida; mis hijas lo son de las suyas y mi responsabilidad es darles la oportunidad de equivocase, de perder, de ganar… desde el respeto, la escucha y siempre a su lado.

¿Qué beneficios se obtienen al incluir la educación emocional en el currículo?
Creo que los docentes son determinantes en la vida de un niño. No son una casualidad puntual, son parte del ADN de sus vidas. Creo que lo único importante es el equilibrio emocional de los propios docentes. Si ellos están bien, su alumnado estará bien: no es una banalidad, es una evidencia que en muchos casos y programas está olvidado. Son el modelo, la guía, la propuesta de futuro desde el presente. Son los que ayudan a construir con sus expectativas el autoconcepto y la autoestima, los propios itinerarios emocionales de su alumnado y por tanto los pilares básicos de su existencia.


La profesión docente es la profesión más importante del mundo. Esto debe ser así
creído por los propios docentes y por supuesto por el resto de la sociedad.


Cortesía de http://peleandoconlastic.blogspot.mx

jueves, 22 de febrero de 2018

"La JMJ es para los valientes, no para los buscan comodidad y retroceden ante las dificultades. ¿Aceptáis el desafío?"

LAMENTA LA “OBSESIÓN POR LA IMAGEN” QUE LLEVA A “CONVERTIRSE EN UN 'FAKE'”

El Papa denuncia la precariedad laboral, que provoca “temor e incertidumbre” entre los jóvenes


(Jesús Bastante).- "La JMJ es para los valientes, no para jóvenes que sólo buscan comodidad y que retroceden ante las dificultades. ¿Aceptáis el desafío?". Desterrar los miedos, buscar la autenticidad, son algunas de las claves del mensaje del Papa Francisco para la JMJ que se celebra el domingo de Ramos.
Este año, la jornada viene marcada por la celebración del Sínodo de obispos, que girará sobre 'Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional'. "Es una buena coincidencia", subrayó el Papa, quien incidió en que "la atención, la oración y la reflexión de la Iglesia estarán puestas en vosotros, los jóvenes, con el deseo de comprender y, sobre todo, de «acoger» el don precioso que representáis para Dios, para la Iglesia y para el mundo".
"No temas", es una de las expresiones más utilizadas en los Evangelios. También, en las palabras de Francisco a los jóvenes. "Dios también lee en nuestro corazón. Él conoce bien los desafíos que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo", apuntó Bergoglio.

Y es que, en la actualidad, la juventud está llena de miedos. "¿Qué miedos tenéis?", pregunta Francisco, quien advierte de "un miedo de «fondo» que es el de no ser amados, queridos, de no ser aceptados por lo que sois".
"Hoy en día, muchos jóvenes se sienten obligados a mostrarse distintos de lo que son en realidad, para intentar adecuarse a estándares a menudo artificiales e inalcanzables", lamenta el Papa. "Hacen continuos «retoques fotográficos» de su imagen, escondiéndose detrás de máscaras y falsas identidades, hasta casi convertirse ellos mismos en un «fake». Muchos están obsesionados con recibir el mayor número posible de «me gusta». Y este sentido de inadecuación produce muchos temores e incertidumbres", asegura.
Otros, en cambio, "tienen miedo a no ser capaces de encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos". Es la "precariedad del trabajo", frente a la que muchos jóvenes "tienen miedo a no poder alcanzar una situación profesional satisfactoria, a no ver cumplidos sus sueños".
"En los momentos en que las dudas y los miedos inundan nuestros corazones, resulta imprescindible el discernimiento", apunta el mensaje papal. Porque "lo primero que hay que hacer para superar los miedos es identificarlos con claridad, para no perder tiempo y energías con fantasmas que no tienen rostro ni consistencia".

"Así, el esfuerzo de discernimiento, una vez identificados los miedos, nos debe ayudar a superarlos abriéndonos a la vida y afrontando con serenidad los desafíos que nos presenta", sostiene Francisco, quien asegura que, "para los cristianos, el miedo nunca debe tener la última palabra, sino que nos da la ocasión para realizar un acto de fe en Dios... y también en la vida". Un mensaje de optimismo frente a los profetas de desventuras.
Junto al discernimiento, añade Francisco, la escucha, el diálogo, el compartir. "Nunca perdáis el gusto de disfrutar del encuentro, de la amistad, el gusto de soñar juntos, de caminar con los demás. Los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, compartir su espacio vital transformándolo en espacio de fraternidad", señala en su mensaje.
"El primer motivo para no tener miedo es precisamente el hecho de que Dios nos llama por nuestro nombre", apunta el Papa. "Cuando Dios llama por el nombre a una persona, le revela al mismo tiempo su vocación, su proyecto de santidad y de bien, por el que esa persona llegará a ser alguien único y un don para los demás", asegura.
En este sentido, el Papa recuerda a los jóvenes que "ser llamados por nuestro nombre es signo de la gran dignidad que tenemos a los ojos de Dios, de su predilección por nosotros. Y Dios llama a cada uno de vosotros por vuestro nombre".
"Vosotros sois el «tú» de Dios, preciosos a sus ojos, dignos de estima y amados. Acoged con alegría este diálogo que Dios os propone, esta llamada que él os dirige llamándoos por vuestro nombre", subraya Francisco, quien invita a la confianza, pese a las dudas, que son normales, como la vida.
Porque "el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios".
El Papa concluye su mensaje pidiendo "fuerza para tener valor en el presente nos viene de la convicción de que la gracia de Dios está con nosotros", valor "para llevar adelante lo que Dios nos pide aquí y ahora, en cada ámbito de nuestra vida; valor para abrazar la vocación que Dios nos muestra; valor para vivir nuestra fe sin ocultarla o rebajarla".
Y con un llamamiento: "Queridos jóvenes: el Señor, la Iglesia, el mundo, esperan también vuestra respuesta a esa llamada única que cada uno recibe en esta vida. A medida que se aproxima la JMJ de Panamá, os invito a prepararos para nuestra cita con la alegría y el entusiasmo de quien quiere ser partícipe de una gran aventura. La JMJ es para los valientes, no para jóvenes que sólo buscan comodidad y que retroceden ante las dificultades. ¿Aceptáis el desafío?".

Texto del mensaje papal:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1,30)
Queridos jóvenes:
La Jornada Mundial de la Juventud de 2018 es un paso más en el proceso de preparación de la Jornada internacional, que tendrá lugar en Panamá en enero de 2019. Esta nueva etapa de nuestra peregrinación cae en el mismo año en que se ha convocado la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es una buena coincidencia. La atención, la oración y la reflexión de la Iglesia estarán puestas en vosotros, los jóvenes, con el deseo de comprender y, sobre todo, de «acoger» el don precioso que representáis para Dios, para la Iglesia y para el mundo.
Como ya sabéis, hemos elegido a María, la joven de Nazaret, a quien Dios escogió como Madre de su Hijo, para que nos acompañe en este viaje con su ejemplo y su intercesión. Ella camina con nosotros hacia el Sínodo y la JMJ de Panamá. Si el año pasado nos sirvieron de guía las palabras de su canto de alabanza: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí» (Lc 1,49), enseñándonos a hacer memoria del pasado, este año tratamos de escuchar con ella la voz de Dios que infunde valor y da la gracia necesaria para responder a su llamada: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios» (Lc 1,30). Son las palabras pronunciadas por el mensajero de Dios, el arcángel Gabriel, a María, una sencilla jovencita de un pequeño pueblo de Galilea.
1. No temas
Es comprensible que la repentina aparición del ángel y su misterioso saludo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28) hayan causado una fuerte turbación en María, sorprendida por esta primera revelación de su identidad y de su vocación, desconocida para ella entonces. María, como otros personajes de las Sagradas Escrituras, tiembla ante el misterio de la llamada de Dios, que en un instante la sitúa ante la inmensidad de su propio designio y le hace sentir toda su pequeñez, como una humilde criatura. El ángel, leyendo en lo más profundo de su corazón, le dice: «¡No temas!». Dios también lee en nuestro corazón. Él conoce bien los desafíos que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo. Es la «emoción» que sentimos frente a las decisiones sobre nuestro futuro, nuestro estado de vida, nuestra vocación. En esos momentos nos sentimos turbados y embargados por tantos miedos.
Y vosotros jóvenes, ¿qué miedos tenéis? ¿Qué es lo que más os preocupa en el fondo? En muchos de vosotros existe un miedo de «fondo» que es el de no ser amados, queridos, de no ser aceptados por lo que sois. Hoy en día, muchos jóvenes se sienten obligados a mostrarse distintos de lo que son en realidad, para intentar adecuarse a estándares a menudo artificiales e inalcanzables. Hacen continuos «retoques fotográficos» de su imagen, escondiéndose detrás de máscaras y falsas identidades, hasta casi convertirse ellos mismos en un «fake». Muchos están obsesionados con recibir el mayor número posible de «me gusta». Y este sentido de inadecuación produce muchos temores e incertidumbres. Otros tienen miedo a no ser capaces de encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos. Frente a la precariedad del trabajo, muchos tienen miedo a no poder alcanzar una situación profesional satisfactoria, a no ver cumplidos sus sueños. Se trata de temores que están presentes hoy en muchos jóvenes, tanto creyentes como no creyentes. E incluso aquellos que han abrazado el don de la fe y buscan seriamente su vocación tampoco están exentos de temores. Algunos piensan: quizás Dios me pide o me pedirá demasiado; quizás, yendo por el camino que me ha señalado, no seré realmente feliz, o no estaré a la altura de lo que me pide. Otros se preguntan: si sigo el camino que Dios me indica, ¿quién me garantiza que podré llegar hasta el final? ¿Me desanimaré? ¿Perderé el entusiasmo? ¿Seré capaz de perseverar toda mi vida?
En los momentos en que las dudas y los miedos inundan nuestros corazones, resulta imprescindible el discernimiento. Nos permite poner orden en la confusión de nuestros pensamientos y sentimientos, para actuar de una manera justa y prudente. En este proceso, lo primero que hay que hacer para superar los miedos es identificarlos con claridad, para no perder tiempo y energías con fantasmas que no tienen rostro ni consistencia. Por esto, os invito a mirar dentro de vosotros y «dar un nombre» a vuestros miedos. Preguntaos: hoy, en mi situación concreta, ¿qué es lo que me angustia, qué es lo que más temo? ¿Qué es lo que me bloquea y me impide avanzar? ¿Por qué no tengo el valor para tomar las decisiones importantes que debo tomar? No tengáis miedo de mirar con sinceridad vuestros miedos, reconocerlos con realismo y afrontarlos. La Biblia no niega el sentimiento humano del miedo ni sus muchas causas. Abraham tuvo miedo (cf. Gn 12,10s.), Jacob tuvo miedo (cf. Gn 31,31; 32,8), y también Moisés (cf. Ex 2,14; 17,4), Pedro (cf. Mt 26,69ss.) y los Apóstoles (cf. Mc 4,38-40, Mt 26,56). Jesús mismo, aunque en un nivel incomparable, experimentó el temor y la angustia (Mt 26,37, Lc 22,44).
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (Mc 4,40). Este reproche de Jesús a sus discípulos nos permite comprender cómo el obstáculo para la fe no es con frecuencia la incredulidad sino el miedo. Así, el esfuerzo de discernimiento, una vez identificados los miedos, nos debe ayudar a superarlos abriéndonos a la vida y afrontando con serenidad los desafíos que nos presenta. Para los cristianos, en concreto, el miedo nunca debe tener la última palabra, sino que nos da la ocasión para realizar un acto de fe en Dios... y también en la vida. Esto significa creer en la bondad fundamental de la existencia que Dios nos ha dado, confiar en que él nos lleva a un buen final a través también de las circunstancias y vicisitudes que a menudo son misteriosas para nosotros. Si por el contrario alimentamos el temor, tenderemos a encerrarnos en nosotros mismos, a levantar una barricada para defendernos de todo y de todos, quedando paralizados. ¡Debemos reaccionar! ¡Nunca cerrarnos! En las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión «no temas», con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor.
El discernimiento se vuelve indispensable cuando se trata de encontrar la propia vocación. La mayoría de las veces no está clara o totalmente evidente, pero se comprende poco a poco. El discernimiento, en este caso, no pretende ser un esfuerzo individual de introspección, con el objetivo de aprender más acerca de nuestros mecanismos internos para fortalecernos y lograr un cierto equilibrio. En ese caso, la persona puede llegar a ser más fuerte, pero permanece cerrada en el horizonte limitado de sus posibilidades y de sus puntos de vista. La vocación, en cambio, es una llamada que viene de arriba y el discernimiento consiste sobre todo en abrirse al Otro que llama. Se necesita entonces el silencio de la oración para escuchar la voz de Dios que resuena en la conciencia. Él llama a la puerta de nuestro corazón, como lo hizo con María, con ganas de entablar en amistad con nosotros a través de la oración, de hablarnos a través de las Sagradas Escrituras, de ofrecernos su misericordia en el sacramento de la reconciliación, de ser uno con nosotros en la comunión eucarística.
Pero también es importante hablar y dialogar con otros, hermanos y hermanas nuestros en la fe, que tienen más experiencia y nos ayudan a ver mejor y a escoger entre las diversas opciones. El joven Samuel, cuando oyó la voz del Señor, no lo reconoció inmediatamente y por tres veces fue a Elí, el viejo sacerdote, quien al final le sugirió la respuesta correcta que debería dar a la llamada del Señor: «Si te llama de nuevo, di: "Habla Señor, que tu siervo escucha"» (1 S 3,9). Cuando dudéis, sabed que podéis contar con la Iglesia. Sé que hay buenos sacerdotes, consagrados y consagradas, fieles laicos, muchos de ellos jóvenes a su vez, que pueden acompañaros como hermanos y hermanas mayores en la fe; movidos por el Espíritu Santo, os ayudarán a despejar vuestras dudas y a leer el designio de vuestra vocación personal. El «otro» no es únicamente un guía espiritual, sino también el que nos ayuda a abrirnos a todas las riquezas infinitas de la existencia que Dios nos ha dado. Es necesario que dejemos espacio en nuestras ciudades y comunidades para crecer, soñar, mirar nuevos horizontes. Nunca perdáis el gusto de disfrutar del encuentro, de la amistad, el gusto de soñar juntos, de caminar con los demás. Los cristianos auténticos no tienen miedo de abrirse a los demás, compartir su espacio vital transformándolo en espacio de fraternidad. No dejéis, queridos jóvenes, que el resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone. Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana.
2. María
«Te he llamado por tu nombre» (Is 43,1). El primer motivo para no tener miedo es precisamente el hecho de que Dios nos llama por nuestro nombre. El ángel, mensajero de Dios, llamó a María por su nombre. Poner nombres es propio de Dios. En la obra de la creación, él llama a la existencia a cada criatura por su nombre. Detrás del nombre hay una identidad, algo que es único en cada cosa, en cada persona, esa íntima esencia que sólo Dios conoce en profundidad. Esta prerrogativa divina fue compartida con el hombre, al cual Dios le concedió que diera nombre a los animales, a los pájaros y también a los propios hijos (Gn 2,19-21; 4,1). Muchas culturas comparten esta profunda visión bíblica, reconociendo en el nombre la revelación del misterio más profundo de una vida, el significado de una existencia.
Cuando Dios llama por el nombre a una persona, le revela al mismo tiempo su vocación, su proyecto de santidad y de bien, por el que esa persona llegará a ser alguien único y un don para los demás. Y también cuando el Señor quiere ensanchar los horizontes de una existencia, decide dar a la persona a quien llama un nombre nuevo, como hace con Simón, llamándolo «Pedro». De aquí viene la costumbre de asumir un nuevo nombre cuando se entra en una orden religiosa, para indicar una nueva identidad y una nueva misión. La llamada divina, al ser personal y única, requiere que tengamos el valor de desvincularnos de la presión homogeneizadora de los lugares comunes, para que nuestra vida sea de verdad un don original e irrepetible para Dios, para la Iglesia y para los demás.
Queridos jóvenes: Ser llamados por nuestro nombre es, por lo tanto, signo de la gran dignidad que tenemos a los ojos de Dios, de su predilección por nosotros. Y Dios llama a cada uno de vosotros por vuestro nombre. Vosotros sois el «tú» de Dios, preciosos a sus ojos, dignos de estima y amados (cf. Is 43,4). Acoged con alegría este diálogo que Dios os propone, esta llamada que él os dirige llamándoos por vuestro nombre.
3. Has encontrado gracia ante Dios
El motivo principal por el que María no debe temer es porque ha encontrado gracia ante Dios. La palabra «gracia» nos habla de amor gratuito e inmerecido. Cuánto nos anima saber que no tenemos que conseguir la cercanía y la ayuda de Dios presentando por adelantado un «currículum de excelencia», lleno de méritos y de éxitos. El ángel dice a María que ya ha encontrado gracia ante Dios, no que la conseguirá en el futuro. Y la misma formulación de las palabras del ángel nos da a entender que la gracia divina es continua, no algo pasajero o momentáneo, y por esto nunca faltará. También en el futuro seremos sostenidos siempre por la gracia de Dios, sobre todo en los momentos de prueba y de oscuridad.
La presencia continua de la gracia divina nos anima a abrazar con confianza nuestra vocación, que exige un compromiso de fidelidad que hay que renovar todos los días. De hecho, el camino de la vocación no está libre de cruces: no sólo las dudas iniciales, sino también las frecuentes tentaciones que se encuentran a lo largo del camino. La sensación de no estar a la altura acompaña al discípulo de Cristo hasta el final, pero él sabe que está asistido por la gracia de Dios.
Las palabras del ángel se posan sobre los miedos humanos, disolviéndolos con la fuerza de la buena noticia de la que son portadoras. Nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios. El haber «encontrado gracia ante Dios» significa que el Creador aprecia la belleza única de nuestro ser y tiene un designio extraordinario para nuestra vida. Ser conscientes de esto no resuelve ciertamente todos los problemas y no quita las incertidumbres de la vida, pero tiene el poder de transformarla en profundidad. Lo que el mañana nos deparará, y que no conocemos, no es una amenaza oscura de la que tenemos que sobrevivir, sino que es un tiempo favorable que se nos concede para vivir el carácter único de nuestra vocación personal y compartirlo con nuestros hermanos y hermanas en la Iglesia y en el mundo.
4. Valentía en el presente
La fuerza para tener valor en el presente nos viene de la convicción de que la gracia de Dios está con nosotros: valor para llevar adelante lo que Dios nos pide aquí y ahora, en cada ámbito de nuestra vida; valor para abrazar la vocación que Dios nos muestra; valor para vivir nuestra fe sin ocultarla o rebajarla.
Sí, cuando nos abrimos a la gracia de Dios, lo imposible se convierte en realidad. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31). La gracia de Dios toca el hoy de vuestra vida, os «aferra» así como sois, con todos vuestros miedos y límites, pero también revela los maravillosos planes de Dios. Vosotros, jóvenes, tenéis necesidad de sentir que alguien confía realmente en vosotros. Sabed que el Papa confía en vosotros, que la Iglesia confía en vosotros. Y vosotros, ¡confiad en la Iglesia!
A María, joven, se le confió una tarea importante, precisamente porque era joven. Vosotros, jóvenes, tenéis fuerza, atravesáis una fase de la vida en la que sin duda no faltan las energías. Usad esa fuerza y esas energías para mejorar el mundo, empezando por la realidad más cercana a vosotros. Deseo que en la Iglesia se os confíen responsabilidades importantes, que se tenga la valentía de daros espacio; y vosotros, preparaos para asumir esta responsabilidad.
Os invito a seguir contemplando el amor de María: un amor atento, dinámico, concreto. Un amor lleno de audacia y completamente proyectado hacia el don de sí misma. Una Iglesia repleta de estas cualidades marianas será siempre Iglesia en salida, que va más allá de sus límites y confines para hacer que se derrame la gracia recibida. Si nos dejamos contagiar por el ejemplo de María, viviremos de manera concreta la caridad que nos urge a amar a Dios más allá de todo y de nosotros mismos, a amar a las personas con quienes compartimos la vida diaria. Y también podremos amar a quien nos resulta poco simpático. Es un amor que se convierte en servicio y dedicación, especialmente hacia los más débiles y pobres, que transforma nuestros rostros y nos llena de alegría.
Quisiera terminar con las hermosas palabras de san Bernardo en su famosa homilía sobre el misterio de la Anunciación, palabras que expresan la expectativa de toda la humanidad ante la respuesta de María: «Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta. También nosotros esperamos, Señora, esta palabra de misericordia. Por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida. Esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Oh Virgen, da pronto tu respuesta» (Homilía 4, 8-9: Opera Omnia, Ed. Cisterciense, 4 [1966] 53-54).
Queridos jóvenes: el Señor, la Iglesia, el mundo, esperan también vuestra respuesta a esa llamada única que cada uno recibe en esta vida. A medida que se aproxima la JMJ de Panamá, os invito a prepararos para nuestra cita con la alegría y el entusiasmo de quien quiere ser partícipe de una gran aventura. La JMJ es para los valientes, no para jóvenes que sólo buscan comodidad y que retroceden ante las dificultades. ¿Aceptáis el desafío?
Vaticano, 11 de febrero de 2018,
VI Domingo del Tiempo Ordinario,
Memoria de Nuestra Señora de Lourdes
FRANCISCO

martes, 6 de febrero de 2018

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12) Mensaje completo del Papa Francisco para la Cuaresma 2018


Queridos hermanos y hermanas:
Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.
Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.
Los falsos profetas
Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.
Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos... haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.
Un corazón frío
Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;[2] su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?
Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.[3] Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.
También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.
El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero.[4]
¿Qué podemos hacer?
Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.
El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos,[5] para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.
El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia. A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad?[6]
El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.
Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.
El fuego de la Pascua
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.
Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística.
En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.
En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica.
«Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,[7] para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.
Francisco
Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

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