lunes, 22 de octubre de 2018

Venezuela: “¡Por favor, préstame tus zapatos, que quiero estudiar!”





Ramón Antonio Pérez/Aleteia Venezuela | Oct 19, 2018


Fe y Alegría y otros colegios afiliados a la Asociación Venezolana de Educación Católica motivan la solidaridad entre sus alumnos: “¡Muchachos, compartan sus zapatos y libros usados!”

Por favor, Juan, préstame tus zapatos que quiero estudiar! Este año no podrán comprarme unos zapatos nuevos. Esos te quedan pequeños pero todavía están buenos y yo los puedo usar”, decía Andrés, un niño de 11 años, deseoso de volver a su humilde escuela en un sector de Catia, al oeste de Caracas. “Dale, Juancito. Esos zapatos son tuyos”, respondía su hermano que este año estudiará un grado superior al suyo.
Dora Pimentel contaba a un grupo de representantes el diálogo entre sus dos hijos, ocurrido días antes del inicio de clases del período escolar 2018-2019. “Comadre, esa es la realidad de todas nosotras, así también lo hemos hecho en mi casa: la ropa de Luis le quedó a Yoelito”, le respondía una vecina, dándole un poco de tranquilidad.
La historia es la misma de cientos de miles de niños y jóvenes que viven en los barrios, caseríos y pueblos pobres de Venezuela. Es el mundo necesitado pero solidario de “allá donde termina el asfalto” y “donde la ciudad pierde su nombre”, como dice el lema de Fe y Alegría, la red de educación popular más grande del país bolivariano.
 El valor de la solidaridad

Yormans Vegas, de la Asociación Venezolana de Educación Católica (AVEC), confirmó este tipo de solidaridad, que aunque siempre ha existido, se está practicando con mayor fuerza y entusiasmo en los últimos meses entre representantes y alumnos de los colegios afiliados a la organización. “No solamente son los zapatos, son los abrigos, los uniformes, los útiles escolares, y también la alimentación que muchas veces tienen que compartir”, dijo en conversación para Aleteia.
“El tema es que en Venezuela, la crisis humanitaria no detiene el sueño de miles de niños y jóvenes que esperanzados en un futuro mejor desean continuar estudiando a pesar de las carencias tanto en los colegios públicos y privados como en los afiliados a las instituciones católicas”, agregó. “La solidaridad es uno de los valores que la AVEC ha impulsado en sus colegios afiliados desde sus inicios”, aseguró.
AVEV cumple 73 años. Vegas recordó que este 18 de octubre, la AVEC está cumpliendo 73 años de fundada. Nació justo en el momento en que en Venezuela se estaba produciendo un golpe de estado de Estado contra la democracia, tornándose la situación tan dura como la actual. “Pero, precisamente, el valor de la solidaridad siempre la hemos motivado desde la AVEC hacia los colegios afiliados como los de Fe y Alegría, salesianos, lasallistas y otros inspirados en los valores cristianos”. 

Fe y Alegría apuesta por la esperanza


Por su parte, la profesora Noelbis Aguilar, directora nacional de escuelas de Fe y Alegría, quien también habló con Aleteia, explicó que la red de educación popular atiende en Venezuela a más de 95 mil estudiantes en todos los niveles: inicial, primaria, bachillerato, educación técnica y universitaria. Son 176 centros educativos ubicados en zonas de difícil acceso a las grandes ciudades, en las áreas rurales e indígenas del país.
“Como el resto del sistema educativo venezolano atravesamos por un momento difícil debido a la crisis humanitaria que ataca con más dureza a los más necesitados”, dijo la educadora. “Sin embargo, a menudo se encuentran gestos de solidaridad entre amigos y familiares, entre sus alumnos y el personal que allí labora, motivando a seguir adelante”. Destacó que “hay hogares en los que sólo hay un solo par de zapatos pero este es rotado entre sus hermanos” porque lo importante es “ir a clase y esperar tiempos mejores”.

La escuela refleja la crisis de Venezuela


Informó que en Fe y Alegría no piden “listas escolares” y “uniformes” por la situación actual, incluso, flexibilizaron las normas “al aceptar que los niños lleven ropa particular para acceder a su formación académica y el cultivo de sus valores cristianos”. Igualmente mencionó que “en Fe y Alegría mantenemos campañas a nivel nacional para la recolección de útiles escolares, además de garantizar la comida en 40 planteles”, dijo.
Con los subsidios económicos que recibimos del Estado a través la AVEC ayudamos a muchos padres de familia con el pago de la inscripción de sus hijos”, añadió.
La profesora Aguilar, egresada del sistema educativo de Fe y Alegría, apuesta por la esperanza de un mejor porvenir para los venezolanos, y garantizó que pese a las dificultades seguirán dando la oportunidad a los sectores excluidos y más pobres a la enseñanza de los valores cristianos, humanos y académicos para lograr un futuro mejor.
Cortesía de https://elguardiancatolico.blogspot.com/

martes, 16 de octubre de 2018

Audio: VI Congreso Pedagógico Pastoral de AVEC Dra. Carmen Pellicer

Dra. Carmen Pellicer, escritora y experta en formación del profesorado, asesoría de equipos directivos y coaching didáctico. 






Citas destacables:
"Hay un enemigo que paraliza a las escuelas: la mediocridad".
"La excelencia educativa es un derecho, no un plus".
"La semilla del cambio es aquello que hacemos bien".
"Es importante generar una cultura de las buenas prácticas compartidas".
"Nadie viene determinado para el fracaso o para el éxito. Esto da mayor responsabilidad al maestro".
"Dejemos de hablar de cómo enseñamos y empecemos a hablar de cómo aprenden nuestros estudiantes".
"Dime cómo hablas de tus alumnos y te diré quién eres como docente".
"La colaboración entre docentes se planifica en agenda".
"El conflicto no se elimina, se gestiona".
"Los procesos de cambio no pueden descansar en una sola persona. El liderazgo debe ser compartido".
"Hay que discernir cuál es el umbral de cambio de un individuo (colega, estudiante) y ser capaz de desafiar ese umbral en la medida justa".
"Hay que hacer fuertes a los mejores en tu equipo docente, y hacer mejores a los buenos".
"Dijo Jesús en el huerto: permaneced, vale la pena estar".

viernes, 6 de abril de 2018

AMAZONÍA VENEZOLANA: LOS CLAMORES DE LA TIERRA Y DE LOS PUEBLOS EXIGEN RESPUESTAS


Los integrantes del Comité Central de la Red Eclesial Amazónica (REPAM) renovados por la celebración de la Resurrección de Jesucristo, que renueva en nosotros la alegría y la esperanza, pero al mismo tiempo conscientes de los profundos desequilibrios e injusticias de la sociedad actual, en nombre de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) queremos compartir con las comunidades cristianas y con la ciudadanía en general algunas inquietudes sobre situaciones y peligros que nos amenazan, y reconocer, también, signos de esperanza que invitan al compromiso.
Situaciones que amenazan y cambios de política minera en Venezuela.
Se le está imponiendo a nuestro país una orientación, en contra de lo que determina nuestra Constitución, que ha generado y agudizado situaciones insoportables de hambre, pobreza y miseria, inseguridad ciudadana, emergencia sanitaria, persecución política, migraciones arriesgadas porque se ha desdibujado, sobre todo para los jóvenes, un horizonte de futuro digno en nuestra patria… Es una experiencia que la mayor parte de la población sufre día a día, aunque haya quien no quiera verlo o que busque excusas y culpables en cualquier parte, con tal de no asumir su innegable responsabilidad.
La gravedad de estas situaciones puede llevarnos a dejar de lado problemas que, por parecer menos urgentes en lo inmediato, pueden tener, y ya están teniendo, consecuencias desastrosas en todos los órdenes de nuestra realidad e hipotecando gravemente el futuro. Nos referimos al tema de la ecología, por el creciente extractivismo desenfrenado que se ha ido implementando en los últimos tiempos, con consecuencias desastrosas en campos tan variados como el calentamiento global, las fuentes de agua, la destrucción de los bosques, la agresión a los pueblos que habitan esas zonas cada día más devastadas.
Sabemos que es una situación que afecta a toda la Amazonía y por ello, como organización que abarca todos los países amazónicos, queremos plantear a la sociedad y a todos los que nos consideramos Iglesia, las inquietudes y llamadas a la responsabilidad común que tales situaciones exigen, pero fijando preferentemente nuestra reflexión a partir de la realidad venezolana.
La preocupación por el cuidado del medio ambiente en nuestro país ha estado presente desde hace largo tiempo, como lo demuestra la creación del Ministerio del Ambiente en el año 1977. Sin embargo por varias décadas ha sido necesario redoblar su defensa ante proyectos invasivos o explotaciones ilegales. En los últimos años el Estado Venezolano ha emprendido una nueva política minera de forma vertiginosa e invasora (arrasadora). Con la creación del “Arco Minero del Orinoco”, y la firma de convenios con diversos Gobiernos y Compañías Trasnacionales, para la exploración de minerales en diferentes lugares del país, especialmente en la región Guayana, en los años 2011-2013 se ha producido un cambio radical en la política minera. Poco después, por el Decreto 2.248 del 24 de febrero de 2016, el Gobierno Nacional decide atribuir a los militares “todo lo relativo a las actividades lícitas de servicios petroleros, de gas y explotación minera en general, sin que esto implique limitación alguna” y autoriza la creación de la empresa Cammempeg. El Presidente de la República, en cadena nacional, anunció la firma de acuerdos con empresas mineras para la exploración y certificación de oro, cobre, coltán y otros minerales. De esta manera se pretende poner en marcha el motor minero ante la baja de los precios del crudo.
Más allá de las declaraciones utópicas, la apertura de concesiones, sumado a la presencia de personas y grupos dedicados a la minería ilegal, han multiplicado los escenarios de explotación minera en amplias regiones y, en muchos casos, en condiciones de auténtica devastación y destrucción de la naturaleza, y de exclusión y agresión de los pueblos que habitan esas tierras. La comunicación oficial de tales proyectos, presentados como solución de problemas nacionales e impulso de desarrollo, no se ha visto acompañada por notificaciones concretas de su desempeño real. Son muy escasas, casi inexistentes, las noticias oficiales al respecto. Lo que las redes sociales difunden habla de devastación e hipoteca del futuro.
Por ello, denunciamos el modelo extractivista presente en Venezuela, así como en muchos países de América Latina y el mundo, ya que es un modelo que implica un desarrollo insostenible, un empobrecimiento acelerado, una fuerte dependencia a las variaciones del mercado manejado por las corporaciones transnacionales, y el debilitamiento sin precedentes de los Estados nacionales que quedan a merced de las corporaciones, insertándose sumisamente en el mercado internacional. Las actividades extractivistas forman parte de un modelo económico dominante que ha separado a lo humano de la naturaleza, y entiende a ésta como un modelo infinito de extracción de materias primas.

Voces que se levantan
Son muchas las voces que se han levantado en contra de la destrucción ambiental y de la creciente exclusión poblacional y cultural que esta política está generando. Diferentes organizaciones indígenas han denunciado reiteradamente, ante las autoridades correspondientes, frecuentes atropellos a sus derechos pero, de ordinario, han recibido como respuesta el silencio y represalias. Investigaciones de especialistas a menudo alertan a la sociedad y a diferentes organismos sobre estos problemas, con escasa resonancia a sus planteamientos y reclamos, debido a los poderosos intereses que están en juego. Saltan a la luz pública, de vez en cuando, noticias que, por su notoriedad (masacres, ajusticiamientos…), rompen los cercos comunicacionales y circulan a través de las redes sociales, ignoradas por parte de los responsables.
Las declaraciones oficiales justifican el incremento de la actividad extractivista por la necesidad de mayores ingresos económicos y hasta por un supuesto desarrollo en vistas al futuro. Sin embargo resulta obligatorio denunciar el hermetismo sobre el cumplimiento real de las condiciones mínimas de explotación exigidas por la naturaleza de esta actividad. Son indispensables la información y la transparencia para que el desarrollo minero pueda ser encuadrado en sus justos límites y evite las evidentes consecuencias negativas que se producen tanto con relación al ambiente como a las poblaciones que habitan en esas zonas.
Los conflictos socio-ambientales impactan profundamente a todos los venezolanos (acceso al agua potable, cortes eléctricos, acumulación de desechos sólidos…) y trasciende más allá de nuestras fronteras, principalmente porque muchas de estas dinámicas ocurren en la Amazonía, territorio que compartimos con ocho países de la región.
La postura de la Iglesia Universal y Latinoamericana
Ante esta situación que nos afecta directamente, así como también tiene efectos nocivos para toda la humanidad, la Iglesia ha tomado, desde hace años, posiciones precisas, dirigidas a la toma de conciencia de la gravedad de los problemas y de sus notables consecuencias, y a proponer soluciones de respeto y equidad. Entre ellas, la encíclica del Papa Francisco “Laudato Sì” ha sido un instrumento esclarecedor y estimulante, que se ha convertido en un punto de referencia para todos. Desde su publicación, en 2015, ha removido muchas conciencias y promovido iniciativas para afrontar con claridad y decisión un asunto tan determinante para el futuro inmediato de la humanidad.

En nuestro ambiente latinoamericano, el Consejo Episcopal de América Latina y El Caribe (CELAM) en su Vª Asamblea celebrada en Aparecida (Brasil) en mayo del 2007, retomó el tema de la ecología centrándolo principalmente en la Amazonía. 
Pocos años después, en septiembre de 2014, el CELAM le dio un decidido impulso a su compromiso con la creación de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) para la articulación de todos los esfuerzos e iniciativas que la Iglesia viene desde hace tiempo realizando en esta inmensa región. Desde su creación esta red ha venido aumentando su alcance estableciéndose en las 9 naciones que forman parte de la Amazonìa y consolidando su servicio de relación y apoyo.

Hace pocas semanas el CELAM ha querido retomar la Encíclica “Laudaro Sì” y aplicarla a nuestra realidad latinoamericana publicando la Exhortación Pastoral “Discípulos Misioneros Custodios de la Creación”, En ella se ponen en relieve aquellos puntos de la encíclica del Papa Francisco con mayor relevancia para nuestro continente. Nos parece otro punto de referencia importante que nos invita, como Iglesia y como ciudadanos, a una conversión a la ecología integral para que cuidemos nuestra casa común.
Finalmente merece especial mención la iniciativa que ha tenido el Papa Francisco de celebrar un Sínodo Extraordinario de Obispos para la reflexión de toda la Iglesia sobre el tema de la ecología integral, centrado en la Amazonía, por las repercusiones que para todo el mundo y para la Iglesia tiene esta cuestión tan importante. El Papa lo refleja en el título que ha dado a este Sínodo: “Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. Estamos centrando los esfuerzos en la preparación de este acontecimiento.
El compromiso de la Iglesia en Venezuela
Podemos decir que la Iglesia en Venezuela, junto con la de nuestro continente y de todo el mundo, se siente preocupada por la depredación de la naturaleza y el descuido y exclusión de los pobladores de las zonas devastadas; esperanzada por los valores positivos y resistencia que se comprueba en la cultura de los pueblos aborígenes, en la labor de los misioneros que les apoyan, y en tantas personas sensibles y comprometidas con el cuidado de la naturaleza y el futuro de los pueblos; se siente motivada a buscar caminos nuevos que consoliden las comunidades cristianas existentes o por construir, y que cuiden el bien de la creación para el disfrute compartido por todos, y para las generaciones futuras.
Desde hace ya casi un siglo la Iglesia ha retomado su presencia en estas zonas con la finalidad de atender a los pueblos indígenas, que ancestralmente habitan en ellas, con programas de salud y educación, de asistencia y desarrollo, de organización y evangelización. Ha sido un largo caminar de hombres y mujeres que ofrecieron lo mejor de sus vidas a estos hermanos, frecuentemente excluidos y desamparados. Se avanzó con tropiezos y errores, pero también con grandes aciertos, con mucha dedicación y amor, y con creciente inculturación y apoyo para que esos pueblos se fueran haciendo sujetos de su propio destino.
En 2015 la Iglesia en Venezuela se incorporó a la organización de la REPAM actualizando la relación que desde hacía años se venía teniendo con las Iglesias locales de la Amazonía. Valoramos también lo positivo del esfuerzo de apoyo mutuo entre las Iglesias Particulares que formamos parte de la Amazonía venezolana. Y reconocemos la oportunidad de relacionarnos y colaborar con las numerosas instituciones y personas que vibran por la defensa y valoración de la naturaleza en nuestro país. Nos vamos consolidando y esta rueda de prensa quiere ser una expresión de compromiso con nuestra realidad venezolana.
Desafíos que nos comprometen
Hacernos eco: La Iglesia en Venezuela, a través de la Conferencia Episcopal y de las comisiones que desarrollan un compromiso social y acciones de apoyo a los pueblos indígenas y afrodescendientes, hace suyos los clamores que resuenan en tantas partes para que se logre una situación de justicia y defensa de la naturaleza y reclama una actuación que tenga en cuenta el bienestar y los derechos de toda la población, y de las generaciones futuras, amenazados por proyectos que buscan fundamental o exclusivamente intereses económicos particulares. Hacerse eco asimismo de las numerosas denuncias de los pobladores de esas regiones, sobre todo de las organizaciones indígenas que protestan en defensa de sus derechos, como lo determina la Constitución Nacional Bolivariana.
Custodios de la Creación: Nos sentimos interpelados por los llamados que el Papa Francisco y las autoridades del CELAM nos hacen a través de sus exhortaciones, para que nos hagamos custodios de esta casa común, la cuidemos, la defendamos para el disfrute de todos y de las generaciones futuras, unidos a todas aquellas personas que luchan por un uso adecuado y respetuoso de la naturaleza promoviendo una ecología integral.
Una Iglesia con rostro amazónico: Renovamos nuestro compromiso con los pueblos que habitan estas tierras para llevarles la Buena Noticia de Jesucristo, el Salvador enviado por nuestro Padre Dios para que se haga realidad en nuestro mundo su Reino de justicia, amor y paz, para acompañarles en la maravillosa aventura de hacerse dueños de su destino, de fortalecerse desde sus culturas y de intercambiar con otras sus saberes y espiritualidad, y para que al hacerse sus discípulos y misioneros sean el rostro indígena de la comunidad de los seguidores de Jesucristo, el Señor.
Formar red: Estamos llamados a tejer una red con todas las instituciones y personas que asumen este proyecto de defensa y promoción de la Amazonía, para su preservación y disfrute compartido, y teniendo en cuenta a sus habitantes: pueblos indígenas, ribereños, criollos…, que han sabido respetarla, amarla como fuente de vida y de identidad propia. La REPAM quiere ser una más de tantas “redes” que ya existen y sumar sus esfuerzos para el bien de todos.
Unidos a las comunidades cristianas de Venezuela y bajo la protección de nuestra Protectora Nuestra Señora de Coromoto saludamos a todos nuestros hermanos venezolanos
Los miembros de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) de Venezuela

Caracas, 5 de abril de 2018

lunes, 2 de abril de 2018

Misterio de esperanza


Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.
Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimiento queden olvidados para siempre.
Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».
Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.
Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado».
Domingo de Resurrección - B
(Juan 20,1-9)
1 de abril 2018
José Antonio Pagola


jueves, 8 de marzo de 2018

Es la mujer la que trae armonía al mundo


En este día de la mujer compartimos dos reflexiones que iluminan el papel de la mujer en nuestro mundo. 

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.
Te doy gracias, mujer-hija mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del “misterio”, a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta “esponsal”, que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas.
Papa Juan Pablo II


 Papa Francisco: "Es la mujer quien trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con ternura; Y que hace del mundo un lugar hermoso"


Hombres y mujeres no son iguales; El uno no es superior al otro. Pero es la mujer, y no el hombre, quien trae esa armonía que hace al mundo un lugar hermoso".

Para entender a la mujer primero hay que soñarla

El Señor había formado todo tipo de animales, pero el hombre no encontró compañero en ninguno de ellos; él estaba solo. Entonces el Señor tomó una costilla y creó a la mujer, que el hombre reconoció como "carne de su carne". Pero antes de verla, el hombre soñó con ella... Para entender a una mujer, es necesario primero a soñarla.

A menudo cuando hablamos de mujeres, pensamos en ellas de una manera "funcionalista". En cambio, debemos ver a las mujeres como portadoras de una riqueza que los hombres no poseen: las mujeres traen armonía a la creación:
Cuando las mujeres no están allí, falta armonía. Podríamos decir: "Pero esta es una sociedad con una actitud masculina fuerte, y este es el caso, ¿no? La mujer está desaparecida. Sí, sí: la mujer está allí para lavar los platos, hacer las cosas..." ¡No, no, no! La mujer está ahí para traer armonía.
Sin la mujer no hay armonía. Hombre y mujer no son iguales; Uno no es superior al otro: no. Es sólo que el hombre no trae armonía. Es ella, la mujer. Es ella quien trae esa armonía que nos enseña a acariciar, a amar con ternura; Y que hace del mundo un lugar hermoso.

La explotación de personas es un delito de "lesa-humanidad": es verdad. Pero explotar a una mujer es aún más grave: está destruyendo la armonía que Dios ha escogido para dar al mundo. Esto es destruir.
La explotación de una mujer no es sólo un delito: equivale a "destruir la armonía"

Este es el gran don de Dios: Él nos ha dado mujer. Y en el Evangelio, hemos escuchado lo que una mujer es capaz de hacer, ¿eh? Ella es valiente, ¿eh? Avanzó con valentía. Pero hay más, mucho más.
Una mujer es armonía, es poesía, es belleza. Sin ella el mundo no sería tan hermoso, no sería armonioso. Y me gusta pensar - pero esto es algo personal - que Dios creó a las mujeres para que todos tuviéramos una madre.

Papa  Francisco


La mujer tiene un valor en sí misma y no por su funcionalidad como lo dice el Papa Francisco, por eso decimos como el Papa Juan Pablo II:

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! 

Dios les bendiga

viernes, 2 de marzo de 2018

El paso salvífico de Dios hoy


Tiempo de cambio
 Uno de los factores más alarmantes de nuestro siglo es la crisis de humanidad que estamos padeciendo y que nos ha inhabilitado como sujetos, es decir, como personas libres y solidarias.Además, en esta época global, los poderes políticos y económicos prefieren alimentar la indolencia frente al agobio de las mayorías. El fomento de medidas públicas inspiradas en la solidaridad fraterna, que conduciría hacia una sociedad más equitativa, recibe los calificativos de ilusorio y no rentable, entra en la cápsula de lo utópico. Se anteponen así visiones ideológicas al bien común. Es una tendencia que parece destinar a pueblos enteros a vivir como crucificados, pues les roban toda posibilidad de tener posibilidades. Los nuevos faraones, como en el antiguo Egipto, pretenden acostumbrar a la población a la escasez de bienes en la tierra, entregándolos a la suerte de la sobrevivencia.
Como creyentes, se impone un cambio de paradigma civilizatorio. Es urgente dar cabida a una nueva pascua. Aquella que los obispos reunidos en Medellín diseñaron y que luego de cincuenta años de ese evento fundacional para la Iglesia latinoamericana, sigue vigente: «Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto (…), así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas» (Medellín. Introducción 6).
La cuaresma es un tiempo propicio para reflexionar acerca de este paso salvífico de Dios hoy a fin de tomar conciencia sobre los procesos de despersonalización en los que hemos caído, así como del error de no haber colocado en el centro de nuestras prioridades el bienestar del pueblo. Aunque también, como gente de fe, sabemos que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). La gracia que se manifiesta en el día a día de quienes siguen consagrados a construir esfuerzos mancomunados de solidaridad fraterna y dan pasos hacia una auténtica liberación del yugo al que se nos ha sometido; la gracia que va al encuentro de los que participan, de cualquier manera, en los movimientos de cambio sociopolítico, pues saben que «nuestra humanidad se define principalmente por la responsabilidad hacia nuestros hermanos y ante la historia» (Gaudium et Spes 55).
¿Dónde está tu hermano?
La alternativa que puede conducir a superar la crisis actual será creíble si nos dejamos interpelar por la pregunta que Dios le hizo a Caín: «¿Dónde está tu hermano?». La respuesta a esta interrogante revelará las opciones fundamentales que orientan la vida de cada uno de nosotros. Algunos pueden contestar con la indolencia de Caín: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Sin embargo, si redefinimos la existencia a partir de una praxis fraterna será posible divisar el camino hacia nuestra rehabilitación como sujetos y reencontrarnos como pueblo. Las comunidades cristianas que fueron perseguidas, lo atestiguaron: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14).
Solo el amor fraterno es capaz de restaurar la dolencia social creada por fuerzas que se han impuesto desde paradigmas tecnocráticos y visiones ideológicas que se rigen por la lógica del dominio y la explotación. Al renunciar a construir relaciones fraternas, damos espacio a una vida abatida, sin pertenencia ni arraigo, en la que consideramos al otro como a un extraño o enemigo al que podemos descartar o aprovechar según intereses mezquinos.
El clamor de los crucificados de hoy, el grito de las víctimas de los poderes políticos y económicos, es el que Dios escucha, como se lo hizo saber a Caín: «La sangre de tu hermano clama a mí desde el suelo» (Gn 4,10). Hoy, Dios escucha la lamentación de nuestros hermanos y hermanas crucificados por el hambre, por la carencia de insumos médicos y por la violencia, crímenes que violan los derechos fundamentales y reniegan de una voluntad divina que no quiere relaciones de sujeción ni estructuras de muerte sino de auténtica libertad y vida.
¿De qué nos salva Dios?
 La experiencia de un Dios que salva de la opresión y rechaza toda forma de sumisión se constituyó en el núcleo central de la fe de Israel, en su carta de identidad como pueblo. Así lo profesa uno de los credos más antiguos que se hallan en la Biblia: «Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Nosotros clamamos a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz; vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión. Y Yahvé nos sacó de Egipto» (Dt 26,5-9). La compasión de Dios por su pueblo será el signo distintivo de su acción salvífica y el motivo que inspirará su primer mandamiento, mucho antes de que ocurra la Alianza en el Sinaí: «No maltratarás al forastero ni lo oprimirás, pues forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto. No dejarás a viuda alguna ni a huérfano; si los dejas y claman a mí yo escucharé su clamor, se encenderá mi ira» (Ex 22,21-22). Era la manifestación visceral de un Dios que toma posición ante la historia a favor de los pobres, de las víctimas, un Dios que no quiere que haya victimarios.
Los forasteros, las viudas y los huérfanos representan a todos aquellos cuya sobrevivencia depende de la decisión de otros, pues no tienen voz ni derechos propios. Es a ellos a quienes Dios acoge en sus entrañas y se les revela como «Padre de los huérfanos y defensor de las viudas» (Sal 68,5). Fieles a la voluntad de Yahvé, los profetas elevarán sus voces en contra de los que rigen el destino de los pueblos en la firme convicción de que «sus gobernantes son rebeldes y compañeros de ladrones; cada uno ama el soborno y corre tras las dádivas. No defienden al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda» (Is 1,23). Jeremías reprochará a quienes «han engordado y se han puesto lustrosos, y sobrepasan en obras de maldad; no defienden la causa del huérfano, para que prospere, ni defienden los derechos del pobre» (Jer 5,28).
No es voluntad divina que un pueblo viva bajo el peso de un yugo, sin libertad, empobrecido, asfixiado por regímenes políticos totalitarios que convierten a las personas en objetos de dádivas, en instrumentos útiles para mantenerse en el poder. Dios pasa salvando en su llamado a construir una vida alternativa que supere las condiciones inhumanas y trascienda las poderosas cadenas de la servidumbre. De ahí que su misión salvífica se manifieste en nuestro propio «paso de condiciones menos humanas a otras más humanas» (Populorum Progressio 20-21).
¿De qué nos salva Dios? He allí la pregunta fundamental para entender la novedad de esta imagen divina. Como creyentes comprendemos que la salvación siempre es diáfana en el desasosiego de una realidad que debe ser superada para poder vivir como sujetos libres, y no como objetos esclavos de otros. Por ello, Dios «no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres» (Evangelii Gaudium 178). Su oferta salvífica no acontece fuera de la historia, sino en ella, entre nosotros, de cara a historias de vida y condiciones sociopolíticas y económicas concretas. La lectura del Éxodo es propicia para comprenderlo.
El clamor de los crucificados
 En Egipto el pueblo de Israel estaba sometido a relaciones de servidumbre y había perdido toda expectativa de cambio. El libro del Éxodo lo recuerda: «Los egipcios esclavizaron brutalmente a los israelitas», «les amargaron la vida con dura servidumbre» (Ex 1,11-14), es decir, que no solo los explotaban físicamente, sino que abatían sus espíritus con el fin de opacar toda posibilidad de transformación. Pero precisamente en medio de esta situación de desesperanza ocurre algo sorprendente. Moisés sale del palacio donde vivía y «ve las duras tareas que padecían los hebreos», es testigo de «cómo un egipcio golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos» y, para mayor pesadumbre, observa «cómo un hebreo maltrataba a otro, su prójimo» (Ex 2,11-14). Violencia y humillación por todas partes. La deshumanización era ambiental, no solo había afectado las relaciones entre las víctimas y sus victimarios, hebreos y egipcios, sino que también estaba modificando el modo en que los mismos hebreos se trataban entre sí, cual verdugos de sus propios hermanos.
La reacción de Moisés es natural y por eso mismo inesperada. Hay que notar que no es el llamado de Dios lo que moviliza inicialmente sus pasos, sino su propia urgencia de constatar lo que sucedía en las periferias. Es ahí, al encontrarse con la realidad desnuda, sin la intermediación del faraón o de su corte, donde toma conciencia y reconoce que los otros no son esclavos sino sus hermanos. Las entrañas de Moisés entonces son atravesadas por el dolor al presenciar el brutal maltrato que se infligía a los israelitas. Así que movido por la dolencia que le causaba aquella inhumanidad que tenía ante sus ojos busca hacer justicia de la única manera que podía. Y su grito llegó a los oídos debidos: «El clamor de su servidumbre subió a Dios. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob» (Ex 2, 23-24). El lamento de los crucificados mueve a Dios, el grito de quienes solo esperan una muerte anticipada por la falta de alimentos o de medicinas, por el desvanecimiento físico del trabajo forzoso o por la postración espiritual.
La coincidencia de dos quereres, el de Dios y el de Moisés, permite que le sea encomendada una riesgosa tarea al hombre de fe: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores, conozco sus sufrimientos, he bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlos de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. El clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios les afligen. Y ahora ve, te envío para que saques a los israelitas de Egipto» (Ex 3,7). El llamado de Dios es claro: Moisés debe liberar al pueblo de la esclavitud sociopolítica y económica egipcia.
La gracia de la conversión
El llamado de Dios promueve un profundo proceso de transformación en Moisés. La obra de conversión al hermano le hace descubrir que los otros no son esclavos ni desechos; la conversión al pueblo lo lleva a asumir la misión de liberarlo, y la conversión a Dios le revela el nombre del liberador que no es otro que el Dios de sus padres. Todo este trabajo estará incompleto si se pasa por alto que, en Moisés, el proceso de conversión ocurre al salir del palacio, de su vivienda confortable, para encontrarse con la realidad de quienes vivían en las periferias y reconocer que les había fallado a sus hermanos.
Es así como Moisés tomó conciencia de la estructura de pecado sobre la cual se sostenía el poderío del faraón y dio, entonces, un primer paso: sacar a Israel de la casa de servidumbre (Ex 13,2; 20,2; Dt 5,6), una liberación que es una acción política en contra de la miseria y la represión (Ex 1,10-11), en pos de la construcción de una sociedad justa, de relaciones horizontales y fraternas. El segundo paso, más difícil aún, será unir a los hebreos y constituirlos en un pueblo. De allí que el Éxodo, si bien revela la negatividad de la historia, también da fe de una experiencia de gracia por la que Israel como pueblo supera tentaciones y resistencias en el paso por el desierto, toma conciencia y decide su manera de organizarse, de construir una identidad y un destino común en la tierra prometida. Además, es un proceso en el que Dios no interviene como un faraón, como un dictador o un militar, sino que se hace presente como un Dios que camina con su pueblo, en medio de sus vicisitudes, para sacarlo de la esclavitud mientras le ofrece «una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,17).
Toda liberación política supone también el esfuerzo de reconstruir el tejido sociocultural deteriorado por los procesos de deshumanización vividos, que fragmentaron al pueblo en individualidades y extraviaron su identidad, su destino común. Pero es una obra que a veces encuentra resistencia. Cuando Israel pasa por el desierto, algunos quieren regresar a Egipto. El clamor que lo había movilizado se convirtió en nostalgia paralizante de los días en que «nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos» (Ex 16,2-3). Los que se niegan a ser sujetos de su propio destino claman: «Más valía servir a los egipcios que morir en el desierto» (Ex 14,11-12); prefieren la falsa seguridad del sobreviviente, la condición del resignado o de quien se conforma con recibir lo mínimo vital para subsistir un día más. De allí que una verdadera liberación apele a la alianza de un solo pueblo unido, a renunciar a ser objetos de dádivas y a tomar conciencia de nuestra condición de sujetos de la historia. Esta es la gracia de la conversión que Dios pide hoy.
Estamos llamados a salir de la casa de servidumbre y a contribuir con el cambio de la situación de pecado estructural que vivimos. Llegó el momento de construir un proyecto de país que de verdad coloque al pueblo en el centro, porque mientras haya pobreza, siempre habrá la tentación de los falsos mesianismos que derivan en totalitarismos (Evangelii Gaudium 202). Convertirnos al pueblo significa asumir nuestra condición de hermanos y hermanas para descubrir que hay una mayoría que experimenta la fuerza en la debilidad, que es solidaria en la escasez y que ha salido al auxilio de los crucificados de hoy. La cuaresma es un tiempo propicio para el cambio, para recuperar nuestra dolencia social, para no dejarnos abatir física ni espiritualmente por quienes tienen el poder, y responder a la emergencia humanitaria que nos golpea en un solo clamor: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; fui forastero y me recibiste; estaba desnudo y me vestiste; enfermo y me visitaste; en la cárcel y viniste a ver” (Mt 25,35-40).
Rafael Luciani
Doctor en teología por la Universidad Gregoriana y  docente en el Boston College (Boston, MA).

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